Los
actuales herederos de la promesa de Mein Kampf
Me cuesta
encontrar el libro. Nunca pude encontrarle un lugar en mi ya caótica
biblioteca. Lo oculto con otros, no quiero que me mire. Lo pienso como el
sostén del Hitler orador, gesticulante y paroxístico, el rostro cruzado por una
lepra blanca.
Hay sin
duda dos tipos de libros peligrosos: los que apelando a todas las formas de la
mentira y la demagogia están en función de un pasaje a las acciones más
aberrantes como Meink Kampf o los que
los desmienten. Pongo por ejemplo las obras de Reynaldo Arenas sobre Cuba donde
narra su experiencia en los centrales- campos de concentración- o el libro de
Jean Claude Milner que descifra con detenimiento la génesis del mito palestino
que luego de la guerra de los Seis Días. Son peligrosos porque son
inquietantes, quitan el sueño, ponen en crisis categorías estratificadas,
fijas, no dejan en paz a la pequeña burguesía intelectual cuya ética se agota
en crearse una buena conciencia. Estos libros resultan poco digeribles para
quienes viven la historia como discurso del mito y sus seducciones
simplificadoras.
Lamentablemente
las ideas- las técnicas- de Mein Kampf gozan de buena salud y hoy no son
actualizadas sólo por los nazis que han quedado limitados a sectas políticas
sino por grandes masas de opinión que lo único que han hecho es sustituir el
lugar satánico que en los años treinta tenía el nombre judío por el Estado de
Israel, otro nombre judío si los hay. Pero también incide en los nacional
populismos actuales en América Latina todavía dependientes del paradigma
castrotercermunista: anticapitalismo- o capitalismo mafioso,-
antiparlamentarismo, anticosmopolitismo y antimperialismo son algunos rasgos
que tienen en común estas posiciones de izquierda que coexisten con el fascismo
y el nazismo.
Pertenecen a un “mismo combate”, es decir, al mismo paradigma
desde el cual se lee la cultura y piensa el siglo pasado y el
actual en un permanente círculo vicioso. En el nacional populismo argentino
coexisten, no me cansé de repetirlo, el paradigma nacionalista que gira en
torno del golpe fascista de 1943 con el castrotercermunista de los tres
vietmans de los años sesenta y setenta. Para ese discurso se trata de mantenerse en el paradigma negando
la propia historia y sin sin pasar por el antisemitismo. Se trataría de fundar
un exterior a los mismos.
Se suele
considerar a Hitler como a un pintor fracasado, nadie reconoce todavía que ha
sido un escritor de éxito en el sentido de que logró escribir un best seller
que nada tiene que envidiarle al Código Da Vinci y ha tenido tantas funciones
en la historia como Los Protocolos de los Sabios de Sión. Y que hoy logra
grandes ventas en el mundo árabe, donde es respetado y admirado.
Mein Kampk
constituye un tipo básico de libro peligroso: hay, además de la repugnancia que
causa su lectura el temor justificado de ciertos humanistas al contagio, a la
fascinación, al mimetismo que puede generar en lectores poco preparados y
expuestos a la demagogia. Es, al mismo tiempo, un libro tranquilizante que
localiza el mal en un solo principio que coincide con una teoría del complot.
Para muchos no hay lectores preparados para leerlo. ¿Pero cuando hubo lectores
preparados? La historia del hermano gemelo del nazismo, el marxismo leninismo,
ha dado suficientes pruebas de una ideología que puede sobrevivir a cualquier
comprobación empírica y considerarse verdadera o verosímil.
En sus
ataques al capitalismo occidental y al dinero, a los judíos y al mundo
anglosajón, Hitler tiene varios puntos en común no sólo con los bolcheviques
sino con los actuales ideólogos en boga que niegan la existencia del terrorismo
islámico y los regímenes criminales y atribuyen toda la maldad del mundo a
democracias donde se vota y hay garantías individuales para los ciudadanos,
propios y extranjeros como en Estados Unidos e Israel, más allá de las críticas
puntuales que se les puedan hacer.
Creo que
aun si no existiera un solo ejemplar de los Protocolos o de Mein Kampf el
antisemitismo primario seguiría existiendo. Esto es tan inevitable como el
racismo contra los negros u otras etnias. Lo que me ocupa no es eso, sino el grado
superior de antisemitismo que es la judeofobia y el lugar que el Estado de
Israel sobre el cual no hay ningún argumento que valga- los territorios los
ocupó desde los intentos de genocidio que sufrió desde 1948 en sucesivas
guerras- ocupa en discursos progresistas que no dicen nada de las
organizaciones terroristas como Hamas y Hezbolá, de Siria o Irán, cuyo
propósito declarado es destruirlo, lo que hace imposible la posibilidad de la
paz.
La
repercusión de esos textos no se debe tanto al talento de sus autores sino a la
eterna judeofobia del género humano. Y tan es así que hoy reaparece en quienes
declaran ser antirracistas, demócratas y defensores de los derechos humanos.
Hacia 1989,
el filósofo Víctor Mashuh, afirmaba que
el nazismo era un fantasma del intelectual occidental. Recuerdo que con Ricardo
Ibarlucía comentamos esta afirmación y poco después el presidente
del parlamento alemán declaraba su simpatía por el nazismo. Escribí al respecto
en Expurgación un análisis de esa lectura: por ser precisamente un
fantasma el nazismo insiste a través de sus sucedáneos, Arafat, por ejemplo,
que hizo una introducción elogiosa del mismo y eso va de la mano con su invención
del pueblo palestino luego de la Guerra de los Seis Día y sus trabajos sobre el
tema del judío envenenador.
Los
herederos de la promesa de Mein Kampf responden hoy a dos vertientes: las
organizaciones fundamentalistas y los estados que tienen como objetivo la
destrucción de Israel y los ideólogos de base marxista leninista que luego de
la derrota de las revoluciones totalitarias se aferran al mito palestino con
uñas y dientes sin importarles coincidir con Amanidejad o Al Baschir o Hamas
Los Chomsky, los Vattimo, los Agamben continúan la tradición nacionalista, anticosmopolita
y antioccidental y que he llamado los ideólogos del estado universitario
global.
Consideran
fascistas o totalitarias a las sociedades democráticas y colocan a organizaciones como Hamas, Hesbolah, o países como el Irán
de Amanidejad o Siria del lado del negocio de los pueblos oprimidos que tiene como objeto la destrucción de las sociedades pluralistas. El nombre judío es una prueba de fuego, se niega y el resto viene solo.
El Kirchnerismo no la ha pasado: nada muestra mejor su política demagógica y selectiva de los derechos humanos que la entrega de las víctimas de la AMIA a Irán y lo que se hace con los aborígenes y con los niños en las provincias del Norte donde hay cientos de desaparecidos, reducidos a la esclavitud o usados como mulas para el narcotráfico ante un silencio encubridor que recuerda las peores épocas..
Luis Thonis
Pierre André Taguieff
La cuestión Mein Kampf (Part. I)
Pierre-André
Taguieff toma posición en el debate que opone desde hace algunos años, en
Alemania y Francia especialmente, a los partidarios de una edición crítica de
Mein Kampf y a quienes, por razones diversas son hostiles a ella.
Considerando
que sería irresponsable apostar sobre la ignorancia y el « laisser-faire »
en materia editorial procedería del enceguecimiento voluntario, Pierre-André
Taguieff pleitea en favor de una edición histórica y crítica de Mein Kampf.
À Georges Goriely (1921-1998),
In memoriam
Nota: El presente artículo,
voluntariamente privado de su aparato crítico afín de poder se trascrito está
extraído de un estudio inédito, que aparecerá en 2010. El autor agradece a Anne
Quinchon por su relectura de la primera versión de este artículo.
No son tantos entre los historiadores
profesionales, los especialistas reconocidos del nazismo que han estudiado de
cerca de Hitler en tanto que ideólogo, luego en tanto que autor de Mein Kampf y un gran número de
discursos, de declaraciones y conversaciones con tenor doctrinario
Representan una minoría entre la masa de
sus pares: Hugh Trevor-Roper, Joachim Fest, Werner Maser, Karl Dietrich
Bracher, Klaus Hildebrand, Lucy Dawidowicz, Eberhard Jäckel, George L. Mosse,
Gerald Fleming, Saul Friedländer, David Bankier, William Carr, Richard
Breitman, Robert A. Pois, Peter Longerich ou Ian Kershaw.
Ellos se han aplicado a poner en
evidencia el rol jugado por Hitler en
tanto que sujeto dotado de convicciones ideológicas en el proceso de decisión
que conduce al genocidio de los Judíos de Europa. Han tomado en serio a Hitler
en tanto que ideólogo, o como productor de una “visión del mundo »
(Weltanschauung)
– término recurrente en Mein
Kampf.
Han sostenido al mismo tiempo la tesis
según la cual Hitler fue el conductor de hombres sin el cual la exterminación
de los judíos en Europa no habría ocurrido.
A mediados de los años 1960, el gran
historiador Walter Laqueur, a instancias de George L. Mosse – autor de una obra
consagrada a los « origines intelectuales del Tercer Reich »
(The
Crisis of German Ideology, 1964), seguida de una antología de textos introducidos y
situados, Nazi Culture (1966) -, habían ya señalado la importancia de
la dimensión ideológica del movimiento nazi : « La
doctrina del movimiento hitlerista no fue un simple estratagema de propaganda,
ni la expansión de un pequeño grupo de espíritus desequilibrados. Al contrario,
el nazismo está fundado en un cuerpo de doctrina que data por lo menos de un
siglo. »
Luego, la doctrina nazi se confunde por
lo esencial con la doctrina hitleriana. He aquí una razón que podría parecer
suficiente para estudiar de cerca la obra donde Hitler ha expuesto
sistemáticamente su doctrina- su “visión
del mundo” y su programa político, Mein Kampf.
Sin embargo, incluso en los historiadores especializados, a excepción de Maser, Mosse, de Dawidowicz,
de Carr, de Pois, de Longerich y de Jäckel, las construcciones doctrinarias del
Führer casi no han sido tomadas en serio, ni por sí mismas, ni en tanto factor
casual de la evolución del Tercer Reich. Cuando no han sido tratadas como
síntomas de un sujeto afectado de perturbaciones mentales– marcadas por una
fuerte dimensión paranoica, han sido globalmente reducidas a la propaganda:
Hitler no podía haber sido otra cosa que un
hábil demagogo que dominaba las técnicas de la propaganda política, un
practicante dotado de un discurso propagandístico, una mezcla a partir de
recetas retóricas, estereotipos y de clichés
El estatuto de sus escritos y discursos
sería del orden del slogan. Esta tesis no es refutable sino cuando toma una
conducta reduccioncita, pues nadie podría negar a dimensión del slogan en el
discurso hitleriano. Pero esta visión se
ha radicalizado por el impulso de un
Alan Bullock, cuyos primeros trabajos sobre Hitler, al principio de los años al
principio de 1950, han banalizado la imagen de un Hitler oportunista, movido
por el único apetito de poder, doblada por la de un aventurero y un charlatán
(Bullock corregirá más tarde esta visión sumaria del dictador). Y no se espera
encontrar un pensamiento político elaborado en un impostor, un estafador, un matamoro
o un titiritero. ¿Cómo tomar en serio a tal personaje de comedia?
Son numerosos los historiadores que han sostenido un juicio polémico e
hipermoral, banalizado en la literatura antinazi y generalmente antifascista:
Hitler, jefe inhumano de un régimen inhumano, no podía tener un pensamiento
político coherente, hubiera sido incapaz de forjar una doctrina suficientemente
consistente para que valga la pena analizarla seriamente.
Otros historiadores se han fundado
sobre el postulado de la dimensión ideológica que el « combate »
de Hitler era descuidado respecto a los aspectos organizativos, institucionales
y táctico estratégicos del movimiento nazi, ubicado en los contextos sociales,
económicos y políticos variables que había sabido explotar en su provecho hasta
la catástrofe final.
Las aproximaciones funcionalistas del
nazismo, que se han multiplicado desde 1980, hasta dominar el campo
universitario, han contribuido fuertemente a desviar la atención de los
investigadores de la doctrina hitleriana, negada o minimizada en sus
efectos y disuadirlos de estudiar su rol
en la evolución del nazismo. A la minimización de la función cumplida por la
ideología, fundamentalmente el antisemitismo, se agrega el rol jugado por
Hitler en el proceso de decisión donde la exterminación de los Judíos de Europa
fue el resultado.
El más radical de los historiadores
funcionalistas, Hans Mommsen, han estudiado el proceso que condujo a la « solución
final de la cuestión judía » sin tener en cuenta las
intenciones exterminadoras expresadas por Hitler, ni los factores estrictamente
ideológicos, despreciando los trabajos que mostraban la alta intensidad y la
gran difusión del antisemitismo en Alemania. (Oded Heilbronner, David Bankier,
Christopher R. Browning).
En la perspectiva funcionalista, no
quedaría a los historiadores especializados sino estudiar en todos sus detalles
un vasto « engranaje » sin objetivo ni sujeto.
Los partidarios más dogmáticos de la
aproximación funcionalista del Tercer Reich han sido llevados lógicamente a
presentar a Hitler como un « dictador débil » (Hans Mommsen). Entonces,
¿para qué interesarse en los textos y en los discursos producidos por un
mezquino Führer, con poderes tan limitados?
Las aproximaciones proceden del
sociologismo, están fundadas sobre la primacía de la acción de las fuerzas
colectivas y se han expresamente opuesto a las aproximaciones « hitlerocéntricas »,
privilegiando la personalidad de Hitler
, en la perspectiva del historiador biógrafo (como Werner Maser) o en las de
historiadores de las ideas políticas (como Eberhard Jäckel), a veces tentados
en suscribir una versión demasiado simple de la aproximación « intencionalista »
de la Shoah, en tanto realización progresiva de un proyecto genocida concebido
por Hitler desde los principios de 1920.
De manera más general, Karl Dietrich Bracher, en 1976, había señalado la
incapacidad de los adversarios del nazismo en tomar en serio la ideología
nacional socialista. Los rasgos de esta incapacidad militante son reconocibles en los trabajos
historiográficos sobre el nazismo que se han multiplicados de tiempo en tiempo.
Así, por ejemplo, postulando que los nazis no cesaban de emplear
metafóricamente las palabras que designaban sus objetivos, se vuelven
inaccesibles en principio sus « intenciones » (sus palabras reputada
de enmascararlas o travestirlas), y se llega a abandonar el análisis de los
discursos ideológicos de los líderes, comenzando por los de Hitler. Tal habrá
sido el efecto indeseable de la generalización abusiva del lenguaje nazi, de
las estrategias de eufemización utilizadas por el aparato del Tercer Reich para designar todo lo que concierne a
la « Solución final ».
En 2005, Jeffrey Herf hacía justamente
observar a propósito de ciertas aproximaciones hipercríticas del lenguaje nazi
que implicaban un desciframiento infinito,
que « la significación de sus palabras [de los nazis],
para
quienes las tomaban en serio, era clara », y que era necesario
atenerse a la hipótesis siguiente: « Los nazis decían lo que ellos querían decir y
querían decir lo que ellos decían. »
Los nazis, comenzando por el mismo
Hitler, « guía » supremo que no ha cesado de dar el tono bajo el Tercer
Reich por el cual cada alto dirigente del régimen era conducido a « trabajar
en dirección del Führer » (Ian Kershaw), rivalizando con todos
los otros en la ejecución de la « voluntad del Führer ».
Esta « voluntad »
normativa, ellos la encontraba expresión, sea en Mein Kampf, sea en
tan o cual discurso de Hitler. La empresa de Hitler sobre el régimen nazi se ha
especialmente marcado por la presión permanente que ha ejercido en dirección
del judeicidio, cualquiera hayan sido sus modos de realización (de los fusilamientos a las cámaras de gas). Desde
entonces, no hay peor enceguecimiento sobre el fenómeno nazi que el que golpea
a los historiadores que pretenden estudiarlo haciendo abstracción del rol
determinante jugado en su evolución por el dictador ideólogo que fue Hitler en
sus producciones doctrinarias. Para convencerse, hay que hacer un largo desvío
por Mein Kampf, libro que se ha vuelto
« la biblia del movimiento nazi y uno de los textos mayores del
antisemitismo » (Robert Wistrich).
Mein Kampf : génesis, forma, contenido, modos de empleo.
En Mein Kampf, que será son único libro publicado,
Hitler expone su doctrina o su « concepción del mundo » (Weltanschauung),
bajo la forma de un balance que incluye el esbozo de una autobiografía, el
relato de formación del « movimiento nacional- socialista »
y la definición de sus « objetivos ». Numerosos historiadores,
tales como Robert Wistrich, han señalado
que, « en tanto que autobiografía, Mein Kampf nos ofrece datos esenciales sobre
el pasado de Hitler y sobre las influencias que han contribuido a formar su
visión del mundo ».
Importa igualmente tomar en serio el hecho de que Hitler da a su
propio recorrido como ejemplar, aquél de la auto- construcción de un héroe de Alemania
conducido a despertar por la revelación progresiva de un único principio del
mal : la « judería internacional », de
múltiples rostros repulsivos (del financista apátrida al bolchevique
sanguinario, además de la literatura antinazi)
Cuando vuelve al principio de Mein Kampf sobre el momento de esta
toma de conciencia, la celebra como la experiencia de un renacimiento, de una
conmoción interior absolutamente positiva, alguna cosa como una « revolución»:
« Fue la época que se produjo en mí la revolución más profunda que haya
tenido que llevar a su término. El cosmopolita sin energía que yo había sido
hasta entonces se volvió un antisemita fanático. »
Se observará en primer término que el
término « cosmopolita », ordinariamente opuesto a los términos
« patriota » o « nacionalista », está aquí colocado
en oposición con la expresión « antisemita fanático », lo que
constituye una manera retórica de sugerir una perfecta equivalencia entre el
nacionalismo más auténtico el antisemitismo más radical e intransigente.
Ser nacionalista es ser antisemita, y recíprocamente. He aquí que presupone que
el amor de la patria y la sujeción apasionada a la nación no van sin la
designación de un enemigo odiable, según el principio, perfectamente asumido
por Hitler: amar a los suyos, es odiar a los otros.
Pero este principio es especificado en
sí mismo: entre todas las categorías de los « otros » ofrecidas al
odio, hay una que el buen nacionalista alemán privilegia, « los Judíos ».
Se notará enseguida que el individuo es celebrado como « fanático »
si manifiesta en sus compromisos una loable « energía », de
la cual el « cosmopolita » sería por naturaleza
privado. Ser fanático, es ser enérgico. Conviene mostrarse fanático si se
quiere escapar a la abstemia que afecta a todo defensor del cosmopolitismo. Por
este elogio del « fanatismo »,
Hitler invierte explícitamente el discurso de las Luces, cuyo adversario
designado era una mixtura de « superstición »
y de « fanatismo ».
EL relato de este itinerario singular toma desde entonces una significación
general: apuesta sobre el acontecimiento de un salvador, de un hombre
providencial, cuya condición es la salida de este estado de rebajamiento en que
se complace una humanidad inferior, encarnada por el « cosmopolita
sin
energía ». Es por esto que esta parte autobiográfica, más allá
del testimonio de un militante nacionalista sobre su toma de conciencia y sus
compromisos políticos, constituye el equivalente de una novela de aprendizaje y
posee con verosimilitud a los ojos de Hitler una función iniciática: parece
indicar al lector la vía a seguir, la vía de la imitación.
Desde1924, Hitler pretende ser a la vez
un teórico o un ideólogo un « creador de programa » fijando los
« objetivos » de su movimiento político, y un hombre
político, es decir, un hombre de acción que apunta a realizar lo más
eficazmente posible los objetivos definidos por el « teórico ».
La dimensión ideológica o doctrinal de Mein
Kampf es analizable en cuatro componentes: 1° una concepción del
mundo (Weltanschauung) en el sentido restringido del término (la
« filosofía » de Hitler), 2° un programa político, 3° una estrategia,
que implica un modelo de la organización del partido nacional socialista, 4° una
visión geopolítica.
Le 4 de agosto de 1924, Rudolf Hess anuncia
a una amiga: « Hitler espera haber terminado su libro en la
próxima semana. Releímos el texto. Terminé en octubre 1924, el manuscrito de Mein Kampf no parece publicable en este estado.” Otto Strasser testimonia:
« Un verdadero registro de banalidades, de reminiscencias escolares, de
juicios subjetivos y de odios personales. »
Hitler había pensado en el siguiente
título: « Cuatro años y medio de lectura contra las mentiras, la estupidez y la
lasitud ». El manuscrito va a ser reelaborado y puesto en
forma por su admirador Ernst « Putzi » Hanfstaengl, diplomado de
Harvard, y algunos de sus próximos (Rudolf Hess y su esposa Ilse, su editor Max
Amann y el imprentero de NSDAP, Adolf Müller), pero sobre todo por el poeta y
crítico musical de origen checo, Josef Stolzing-Czerny, viejo corrector de
pruebas en el Völkischer
Beobachter, y el padre Bernhardt Staempfle, cura jeromita convertido
en periodista antisemita y miembro del NSDAP.
Stolzing-Czerny suprime o modifica las
frases fallidas o las palabras impropias, talla en los pasajes de estilo
oratorio demasiado largos, repetitivos y mal construidos. Staemple relee el manuscrito,
hace correcciones sintácticas que se imponen, aminora el estilo, suprime
ciertos pasajes y elimina las inexactitudes más flagrantes. El primer tomo de Mein
Kampf, largamente autobiográfico, es publicado el 18 de julio de
1925 por la casa de edición del Partido nazi, Franz Eher Verlag. En el
entretiempo, Hitler se había beneficiado de una liberación anticipada, el 20 de
noviembre de 1924, y el Völkischer Beobachter, el órgano
oficial del NSDAP, había podido reaparecer el 25 febrero de 1925.
Le 20 de diciembre de 1924, en el muy influyente matutino cotidiano americano, el New York
Times, apareció un recuadro titulado « La prisión ha calmado a
Hitler », con un subtítulo: « Liberado bajo condición, va probablemente a
retornar a Austria ». Este breve artículo del corresponsal de Berlín
del New York Times ilustra el optimismo ciego de los
contemporáneos ante el ascenso del nacional socialismo. Hitler escribe:
« La gran masa del pueblo no
se compone ni de profesores ni de diplomáticos. Ella es poco accesible a las
ideas abstractas. Por el contrario, se lo empuñará más fácilmente en el dominio
de los sentimientos y es ahí donde se encuentran los resortes secretos de sus
reacciones, sean positivas, sean negativas. Ella reacciona en favor de una manifestación de
fuerza orientada claramente en una dirección o en una dirección opuesta, pero
nunca en provecho de una media medida vacilante entre las dos.»
La « primera de todas las condiciones necesarias para no importa qué
propaganda en general » es « la posición sistemáticamente
unilateral respecto de toda cuestión
tratada ». Eso define el « objetivo de la propaganda »:
no consiste en, por ejemplo, en« dosificar en buen derecho a los diversos partidos »,
es « señalar exclusivamente el del partido que se representa ».
Se trata de provocar un compromiso general, de alimentar el fanatismo: « Quienquiera ganarse a la masa debe conocer la llave que abre la puerta de
su corazón. Aquí la objetividad es debilidad, la voluntad es la fuerza. »
En muchos desarrollos de Mein Kampf, Hitler se aplica a teorizar
el arte de la propaganda, que hace reposar sobre la regla de adaptación a la
capacidad de recepción de los espíritus más « limitados »
que componen el auditorio, y cuyo blanco es sólo la eficacia simbólica, que moviliza
a la masa. Escribe Hitler:
« Toda propaganda debe ser
popular y colocar su nivel espiritual en el límite de las facultades de
asimilación más limitado entre aquellos a que debe dirigirse. En estas
condiciones, su nivel espiritual debe ser situado tanto más bajo cuando la masa
de hombres a alcanzar sea numerosa. (...) La facultad
de asimilación de la gran masa no es sino muy restringida, su entendimiento
pequeño, por el contrario, su falta de memoria es muy grande. Luego toda
propaganda eficaz debe limitarse a los pocos fuertes y poco numerosos y
hacerlos valer a golpes de fórmulas estereotipadas tanto tiempo como se pueda,
para que el último de los auditores sea capaz de captar la idea.
(...) La propaganda no se hace para procurar constantemente interesantes
entretenimientos a pequeños señores aburridos sino para convencer, es a la masa
que se trata de convencer. (...) La propaganda debe ser mantenida tanto por el fondo
como por la forma, al nivel de la masa, y no se debe medir su valor sino por
los resultados obtenidos. »
Demagogo él mismo particularmente
dotado, Hitler sabe que para mobilizar a
las a las masas hay que ofrecerles una visión grandiosa o « heroica » del porvenir, y que la fuerza
del espectáculo está dotada de una potencia de arrastre irresistible. Está
convencido que posee las cualidades de un jefe carismático, investido de una
« misión » por la « Providencia »:
la racial del pueblo alemán, para hacer de la gran Alemania una potencia
mundial. Es pensando en su propio caso que Hitler afirma que, «en el
curso de la existencia humana, puede ocurrir que alguna vez el hombre político
se una al creador de un programa ». En su persona, de una manera excepcional, habría la fusión
del Führer, del guía o del conductor de los pueblos del tipo del
ideólogo, de « teórico », del creador de
doctrina, del « fabricante del programa ».
El vuelve sobre el asunto con
insistencia: « Los grandes teóricos son muy raramente también
grandes organizadores. (...) Pero es todavía más raro que un gran teórico sea un
gran Führer. » Así como lo han notado numerosos testimonios
directos, Hitler se tomaba por un genio. Pero se presentaba públicamente como un hombre
providencial.
El 6 de julio de 1933, el Canciller
Hitler pronuncia un discurso en Berlín ante los gobernadores (Statthalter)
del Reich, donde agradece a « la
Providencia » de haberlo acompañado en su éxito: « Después
de nueve meses, llevamos una lucha heroica contra la amenaza comunista que pesaba
sobre nuestro pueblo, desorganizando nuestra cultura, descomponiendo nuestro
arte y emponzoñando la moral pública. Hemos puesto fin a la negación de Dios, a
los ultrajes a la religión. Agrademos humildemente a la Providencia haber
permitido el éxito en nuestra lucha contra la angustia de la desocupación y
nuestros esfuerzos por salvar el campesino alemán.”
En el discurso que pronuncia en
septiembre de 1935 en el 7e congreso del NSDAP, Hitler reafirma su tesis
de la consustancialidad del Führer y del Partido, antes de presentarse una
nueva vez como el elegido de« la Providencia » para que
Alemania viva eternamente:
« Hemos sido señalados por el destino para guiar al pueblo y al ejército,
para escribir la historia en el sentido más alto de la palabra. La Providencia
nos ha dado esto que ha rechazado a millones de hombres. Viendo nuestra obra, los
siglos más alejados evocarán todavía nuestra memoria »
Cuatro años más tarde, Hitler comienza
y termina su discurso al Reichstag del 28 abril de 1939, donde responde
extensamente a un telegrama del Presidente Roosevelt, por una invocación de « la
Providencia » de factura mesiánica: « Mis
sentimientos más profundos, no puedo mejor expresarlos sino bajo la forma e una
humilde acción de gracias hacia la Providencia que me ha llamado y ayudado, a
mí, antiguo soldado desconocido de la guerra a volverme el Führer de mi pueblo
tan vivamente amado. (...) Mi mundo, Señor Roosevelt, es aquél en que la Providencia me ha colocado y por el cual tengo
la misión de trabajar. »
En sus discursos posteriores a la toma
del poder, Hitler señalará la importancia a sus ojos de la dimensión « ideológica »
o « filosófica » de su « combate »,
orientado cumplimiento de una « revolución » total. En 1933, en el
discurso que pronuncia en el congreso del NSDAP en Nuremberg, comienza por una firme
puesta a punto centrada sobre la verdadera « misión » del
« movimiento nacional socialista », por la toma y el
ejercicio del poder:
« El 30 de junio de 1933, el gobierno político del Reich fue confiado al
Partido nacional socialista. A fines de marzo, la revolución nacional
socialista estaba exteriormente terminada. Terminada en lo que concernía a
nuestra ascensión al poder. Pero sólo aquél que no comprendía el carácter de
este inmenso combate podía creer cerrada la lucha por nuestras ideas. Este
sería el caso si el movimiento nacional socialista no tuviese otros designios
que los de los viejos partidos tradicionales. En efecto, con la toma del poder,
aquellos parecen haber alcanzado la suma de sus deseos y, al mismo tiempo, el
ideal de su existencia. Pero por sus concepciones filosóficas, el arribo al
poder político no es sino la condición previa del cumplimiento de su verdadera
misión. Ya la palabra Weltanschauung" (concepción filosófica) expresa la
voluntad de basar todas las acciones sobre una concepción preconcebida y así
abiertamente sobre una tendencia. Aquella puede ser justa o falsa: ella es en
todo caso el punto de partida de una toma de posición ante los fenómeno y
acontecimientos de la vida y por lo demás a orden que liga y compromete para
toda acción »
Después de haberse vuelto en Alemania, entre 1925 et 1933, un best-seller inesperado,
Mein
Kampf fue después de la toma del poder difuso de una manera
sistemática y masiva- fue asimismo sistemáticamente
ofrecido por los alcaldes a todas las parejas jóvenes casados.
Luego, en su ensayo polémico aparecido
en 1938, La Revolución del nihilismo, Hermann Rauschning afirmaba
perentoriamente que nadie había tomado a Mein Kampf en serio como obra doctrinaria,
y, más fundamentalmente, que la « doctrina » o « la
ideología », en el nacional socialismo, no tenía ninguna
importancia en tanto que tal.
Ella no intervenía sino a título de
instrumento: « El nacional socialismo, es un movimiento puro y
simple, donde el dinamismo tiene un valor absoluto, donde la revolución tiene
un denominador siempre variable. Una ideología, una doctrina, he aquí lo que no
es ciertamente. Pero tiene una
ideología. El nacional socialismo no hace política en virtud de una doctrina,
sino se sirve de una ideología para hacer política. Utiliza esta ideología del
mismo modo que todos los valores, todos los elementos de la existencia humana,
para alimentar su dinamismo.”
Para ilustrar su tesis según la cual la
« la marcha de a pie » era el principal « procedimiento de la dominacion national-socialista »,
Rauschning citaba a Rosenberg :
« La nación alemana está precisamente en tren de encontrar al fin su
estilo de vida. (...). Es el estilo de la columna en marcha, y poco
importa hacia que destino y por qué fin esta columna está en marcha. »
Y Rauschning concluye con ironía:
« Así marcha la nación, sin objetivo, marcha por marchar. Así se
manifiesta la ausencia de doctrina de la revolución por la revolución, de este
movimiento por el movimiento. »
La propaganda es una empresa de
fabricación de mitos nazis, he aquí a lo que se reduce para Rauschning el
movimiento nazi: « Le falta de principios de esta revolución, he aquí
su gran paradoja, he aquí el secreto de su eficacia. Ahí está su fuerza, es ahí
que reside su energía revolucionaria. »
El Programa de 25 puntos del Partido
Nazi no es sino una fachada: « Los objetivos confesos, los puntos del programa son
cartas que tanto se juegan como se las oculta » Y esta fachada no
es sino un camuflaje: « Me parece inútil insistir sobre el carácter
artificial de la ideología nacional socialista, sobre su función de camuflaje y
de medio de propaganda, y de señalar el cinismo de la elite inaccesible a su
propia doctrina. » Según Rauschning, la elite nazi se sirve de
creencias ideológicas, sin adherir a ellas, como un « instrumento
de dominación, un instrumento donde no puede ignorarse la técnica espiritual de
la hipnosis y la sugestión ».
Estimular, movilizar, canalizar,
desviar, enceguecer: tales son las funciones de los motivos doctrinarios en la
perspectiva nazi, tal como es analizada por Rauschning, presuponiendo que, en
el mundo de la elite nazi, el recurso a las técnicas y a las estrategias
manipuladoras orientadas a la conquista o a la conservación del poder excluye
las convicciones ideológicas. Tal postulado es por lo menos discutible: Hitler y
Goebbels creían sin reservas en el « complot judío international »
(bolchevique y financiero), Rosenberg y Himmler en el « mito de
la sangre », Streicher al « crimen ritual judío »,
etc., y ellos instrumentaban estos temas ideológicos en sus discursos de
propaganda.
Para Rauschning no hay sino demagogia,
inscrita en una visión groseramente maquiavélica del discurso de propaganda y
de la puesta en escena, donde las altas elites manipuladores nunca se engañan:
« En el transcurso de lo que
se ha llamado período de combate, cada vez que se ha tratado de desviar la masa
de ciertos problemas o de despertar la combatividad de los adherentes, se ha
hecho dar vuelta el disco « los Judíos y los francmasones. Todo eso es de
una psicología tan primitiva y tan indigente como eficaz en su aplicación. Uno
se engañaría creyendo que un hombre tan sutil como el ministro de Propaganda
[Goebbels] no sabía que la campaña de violencias contra los Judíos- comprendidos
los Protocolos de los Sabios de Sion- era una lucubración idiota.(...).
Sería
ingenuo suponer que un miembro de la elite cree verdadera y sinceramente en los
axiomas de la ideología. Estas tesis han sido reunidas concientemente, por su
eficacia demagógica, en vista de fines políticos. »
Así, según Rauschning, « el hábito de Arlequín que es la doctrina nacional
socialista disimula de maravilla la pobreza, la desnudez intelectual del
nacional socialismo ».
En un régimen fundamentalmente
revolucionario, que se reducía a un « movimiento » destructor, la doctrina
no podía ser sino propaganda, instrumento como otros al servicio de fuerzas
demoníacas, o todavía el simple medio de realización de un « proyecto de movilización total al servicio de la
Nada ». El « nihilismo
total » era la « doctrina secreta del nacional- socialismo ».
De seguir a Rauschning, para Hitler y los altos
dirigentes nazis, el antisemitismo, por ejemplo, no era sino un modo más o
menos eficaz de manipulación de las masas. No podía ser objeto de una fuerte
convicción. El discurso antijudío no habría sido sino un decorado atractivo, un
vestuario engañoso, una puesta en escena seductora, y la ideología antijudía un
atrapa-bobos, una suerte de autopublicidad mentirosa de actores políticos
movidos por la única pasión de la dominación. La desrealización de la ideología
implica así un borramiento del antisemitismo en el cuadro de los factores
explicativos de la evolución Tercer Reich. La verdad del nazismo habría que
encontrarla en la potencia de destrucción y autodestrucción de un sistema sin
dirección verdadera y en perpetua desintegración, que será descrito por
consiguiente, en la perspectiva funcionalista, como una poliarquía conflictiva.
En su libro aparecido en 1942, Behemoth, Franz Neumann, miembro de la
Escuela de Frankfurt, había dado una versión marxistisante de esta aproximación
negando hasta el absurdo la dimensión ideológica del régimen nazi, el cual no
era a sus ojos sino un « no-Estado,
un caos, el reino del desorden y la anarquía ».
Partiendo del principio que « una teoría
política no puede ser no racional », deducía ingenuamente que
el nazismo, por el hecho de su irracionalismo, no podía tener una verdadera
teoría política. Se esforzaba en particular en minimizar la importancia del
antisemitismo en tanto factor independiente, sin retroceder ante la afirmación,
involuntariamente provocadora, de que el
pueblo alemán era « el menos antisemita de todos los pueblos ».
Afirmación insostenible que será
invertida en 1996 por Daniel J. Goldhagen en su best-seller titulado Los
Verdugos Voluntarios de Hitler. Los Alemanes ordinarios y el Holocausto,
donde el joven historiador americano atribuye al pueblo alemán entero un
« antisemitismo eliminacionista »
que, luego del siglo XIXe, habría impregnado en profundidad la
cultura germánica.
Suponiendo la existencia de un proyecto
criminal antijudío en Alemania antes de Hitler, Goldhagen postula la primacía
de una ideología antisemita aminorando el rol jugado por Hitler y los
propagandistas nazis en su difusión y su inculcación. Se sigue que el Führer, lejos
de haber sido el inspirador o el instigador de la « Solución final », no habría sido
sino un partero o un catalizador del « antisemitismo
eliminacionista » que le preexistía en la cultura germánica. Es
un modo radical, en verdad indefendible, de disolver las responsabilidades de
Hitler en aquellas del pueblo alemán, tratado como un pueblo de « demonios ».
Transferencia de demonización del personaje singular de Hitler a la persona colectiva que es Alemania.
Mein Kampf antes y después de la Seconda Guerra mundial: ¿qué hacer?
Cualquiera hayan sido las intenciones
de Hitler cuando tomó la decisión de dictar Mein Kampf en 1924 et 1925, su único
libro publicado permanece un enigma respecto de la historia. Como lo ha notado
Georges Gorielyon « nunca se ha visto un candidato a dictador librar
tan cruelmente sus ambiciones más sanguinarias y más paranoicas ». Lo que
caracterizaba a Hitler, era una « una mezcla de franqueza y de simulación».
Es un hecho que los lectores del primer
volumen, en 1925, podían saber lo que quería Hitler a pesar de las
reconstrucciones mentirosas de su relato autobiográfico. Pues no había que tomar a la letra una afirmación
como aquella que apuntando a sus « años de
estudio y de sufrimientos » en Viena: « Es en
esta época que tomaron forma en mi las perspectivas y las teorías generales que
se volvieron la base inquebrantable de mi acción de entonces. Después, tuve
pocas cosas que agregar, nada que cambiar. Al contrario »
Se sabe por ejemplo que el principio
estructurante de su « visión del mundo », el
antisemitismo apocalíptico, no ha aparecido sino al principio de los años 1920,
aun si es posible suponer que el giro antijudío se opera en el soldado Hitler
hacia la mitad de la Primera Guerra Mundial, como parece atestiguarlo la carta
que data del 5 febrero de 1915 donde escribe a su amigo muniquense Ernst
Hepp : « Cada uno de nosotros, aquí, no tiene sino un deseo
en la cabeza : ajustar las cuentas con la banda de metecos. -los
extranjeros- enemigos-, de una vez por todas. Para que, aun si alguno de
nosotros debe permanecer, los otros encuentren a la madre patria desembarazada
de los metecos [Fremdländerei] que lo
estorban. »
Pero el autorretrato que bosqueja en el
primer tomo de Mein Kampf es en el conjunto más bien semejante, y sobre todo muy revelador de su estado de
espíritu en 1924. Fueron raros, entre los adversarios declarados, que la
tuvieron en cuenta.
El filósofo católico Lucien
Laberthonnière (1860-1932), en un estudio sobre Mein Kampf publicado
solamente en 1945, escribía significativamente :
« Por poco interés que presente por sí mismo Mein Kampf, las consecuencias
de esta obra son tales que es profundamete repudiable que no haya sido leída de
un extremo a otra por un gran número de franceses. » De otra
manera, no se puede estar sorprendido ante « esta necesidad de develarse, en un hombre que
llevaba al grado más alto el arte de la disimulación y la mentira ».
Confesando « sus odios y sus furores, sus fantasmas ligados a un
erotismo infantil más superado, así como sus apetitos de conquista y
destrucción », el candidato a dictador se mostraba más
vanidosamente provocador que estratega político.
Frente a Mein Kampf, en tanto que texto fundador del movimiento
nacional socialista y documento revelador sobre la personalidad del Führer, los medios antiracistas han variado
considerablemente sus posiciones, pasando de la convicción que la lectura del
libro debería bastar para « abrir los ojos » de los ciudadanos al
miedo de que no los seduzca y los arrastre irremediablemente hacia la mitología
nazi.
En los años1930, los antinazis y más
generalmente los antiracistas llamaban en efecto a sus contemporáneos a leer Mein
Kampf – al menos en su versión no expurgada – con el fin de
descubrir los proyectos inquietantes del Führer, y así oponerse al nazismo en
conocimiento de causa.
La traducción integral (y no autorizada)
de la obra publicada en 1934 par Fernand
Sorlot, maurrassiano germanófilo lleva el epígrafe de esta frase de Lyautey:
« Todo Francés debe leer este libro. »
Algunos años más tarde, en 1939, en sus Esclarecimientos
sobre Mein Kampf, Jacques Benoist-Méchin, compañero de ruta del nazismo,
nota que « Mein
Kampf se ha vuelto la Biblia del IIIe
Reich,
el Corán de un imperio de 80 millones de habitantes », y
celebra este libro que ha « transformado la frontera de ciertos Estados y
borrado a otros de la carta de Europa », este libro « extraño y
explosivo, ardiente y frenético » que «ha cambiado la cara del mundo ». Agrega
que este libro « puede provocar todavía conmociones desconocidas »
y que su « acción profunda está lejos de haber sido agotada ».
En su conclusión, Benoist-Méchin cree poder justificar la publicación de sus Esclarecimientos:
« No se puede (...) comprender nada de los actos y las intenciones de
Hitler sin un conocimiento profundo de Mein Kampf. Más que
nunca, hoy, este conocimiento es para nosotros una cuestión de vida o de muerte. »
Sosteniendo la tesis que el movimiento nazi, despojado de toda preocupación
ideológica, no podía sino engendrar sino una « revolución del nihilismo »,
el intelectual antinazi Rauschning ha abierto la vía a un cierto número de
historiadores que verán en la guerra total y autodestructiva la verdad de la
revolución nazi. En consecuencia, la cuestión de la elección de los enemigos se
vuelve una cuestión secundaria. Que, por ejemplo, la « juidería
internacional » haya erigido a Hitler en enemigo absoluto –
desde inicios de los años 1920 a la primavera de 1945- , he aquí que no
podría constituir sino un hecho
contingente en el proceso erostático, el único tomado en cuenta. Así sucede con
Jeremy Noakes, que concluye que « el único elemento propiamente revolucionario del nazismo
reside en la destrucción y autodestrucción, colorario inevitable de la
irracionalidad de sus objetivos ».
Noakes exponía así en 1983 su visión del
nazismo: « No se puede sostener que la
revolución nazi fue la guerra- no solamente porque la guerra imprimió a los
cambios políticos, económicos y sociales un ritmo mucho más amplio que en
tiempos de paz, sino también, a un nivel más profundo, porque el nazismo se
bañaba en la guerra como su elemento. En este sentido, el nazismo fue
verdaderamente, una revolución de la destrucción, de sí mismo y de los otros en
una escala sin precedentes. »
Esta tesis, no fundada sobre una búsqueda empírica, pero dotaba de un perfume
de verosimilitud, se ha transformado en un rumor « autorizado »,
indefinidamente repetido en todos los medios antinazis y retomada en eco por
numerosos historiadores y sociólogos. Se supone de ordinario, en la perspectiva
moralizante que consiste en reducir el destino histórico de Hitler a la
práctica del homicidio en masa, que un tal asesino no piensa, que este monstruo
inhumano es totalmente extraño al mundo de las ideas, etc, por lo tanto, que
las ideas no pueden tener la menor importancia para él.
Identificado como demagogo cínico,
psicópata peligroso o criminal confeso, Hitler ha sido por así decir expulsado
de la historia. La verdad histórica es en efecto difícil de afrontar, y más
difícil todavía digerir: en Hitler coexistían el estratega político hábil, el
demagogo talentoso, el lector apasionado, el dirigente político preocupado por
la ideología, obsesionado por un pequeño número de temas ideológicos,
“doctrinarios », « filosóficos »), el paranoico
movido por el odio, el criminal inaccesible a la culpabilidad.
De otro modo, la lectura no crítica de
dos libros de Rauschning, La Revolución del nihilismo et Hitler me
ha dicho (recopilación, aparecida en 1939, de conversaciones del
autor con Hitler, reproducidas de memoria y con intenciones militantes « antifascistas »),
condujo a la primera generación de historiadores de la « Solution
finale » a pasar por alto el estudio de Mein
Kampf.
Es así que en su obra pionera aparecida
en 1951, Breviario del odio,
subtitulado « El IIIe
Reich
y los Judíos », Léon Poliakov, celebrando la « la excepcional
justeza » de las “revelaciones y los análisis » de
Rauschning en el capítulo primero consagrado a los « progroms » (del genocidio de los
Judíos), se contenta con mencionar a Mein Kampf para notar simplemente que este libro donde “ la palabra Judíos retorna
casi en cada página », no se informa nada sobre « la suerte
que les tocará en el Estado nacional socialista ». Si él cita
a Hitler en muchas reprises, es solamente después de Hitler me
ha dicho, luego después de conversaciones reconstruidas muchos años
después de haber tenido lugar, y esto, con la perspectiva de alimentar la
propaganda antinazi.
El corpus de los textos hitlerianos
publicados durante la vida del Führer representaba una masa considerable de
materiales documentados. Sería necesario esperar a la mitad de 1960 para que algunos
historiadores alemanes, Werner Maser o Eberhard Jäckel, estudiaran de cerca los
textos y los discursos del Führer.
Después de 1945, los antiracistas, en Alemania y en Francia particularmente, se
han esforzado para prohibir la publicación de Mein Kampf o de
disuadir a sus contemporáneos de leerlo, como si ellos temieran una potencia de
contaminación o de sugestión que sería inherente a la obra. Han sido
confrontados en sus miedos por el uso del libro como bandera o emblema de la
causa antijudía por los medios más diversos, desde los neo nazis
norteamericanos a los islamitas de todos los países, del mundo árabe y de
América Latina y la India, pasando por ciertos movimientos de la extrema
derecha rusa o del nacionalismo en Turquía, donde Mein Kampf se ha
vuelto un best-seller en
los años 2000.
A fines de los años noventa se podía
observar la libre circulación, con la aprobación expresa de la Autoridad
Palestina, de una traducción árabe de Mein Kampf, difundida por un
distribuidor de Ramallah.
Esta traducción, reimpresión de una edición libanesa (1963, después 1995), alcanzó
el sexto puesto de las mejores ventas en el territorio palestino en 1999. En su
introducción, el traductor de la edición árabe. En su introducción, el
traductor de la versión árabe, Louis al-Hael antiguo SS Louis Heiden, refugiado
en el Cairo en tiempos de Nasser y convertido al Islam), no vacila en hacer el
elogio del « gran hombre »: « Adolf
Hitler no pertenece al pueblo alemán, es uno de los raros grandes hombres que
han por así decir detenido el curso de la historia, infléchi su curso y
cambiado la faz del mundo. (...) El nacional socialismo no está muerto con la
desaparición de su heraldo. Al contrario, su simiente se multiplica en las
estrellas. »
Después de haber servido del Hitler viviente en tanto documento desmistificador
en medios antirascistas y antifascistas, en consecuencia como instrumento de
propaganda antinazi, Mein Kampf se vuelve en Europa, después
de 1945, un libro denunciado como escandaloso y peligroso, destinado a ser prohibido
por la censura. Un libro que da miedo, porque se lo supone capaz de envenenar
los espíritus.
En Francia, la reedición en Sorlot, en 1979, de la traducción integral de Mein
Kampf, aparecido inicialmente en 1934, comporta advertencia de
corte antiracista, que recuerda los crímenes contra la humanidad cometidos por
los nazis y expone las disposiciones legales en materia de lucha contra el
racismo. C'est à la suite d'un arrêt de la Corte de apelaciones de Paris del 11
de julio de 1979 que el libro ha sido autorizado a la venta en razón de su « interés
histórico y documental».
Pero el miedo de afrontar en el texto lo que queda de « la Bestia immunda
» ha perdurado. Como si Mein Kampf fuera percibido como un
texto contagioso, un texto-virus. Lo que se comprende fácilmente desde el
momento que es tomado como símbolo del « mito Hitler »,
estudiando recientemente en todos sus aspectos por Ian Kershaw.
En 1947, Hugh Trevor-Roper había identificado esta potencia de fascinación
ejercida por el Führer, y que le ha sobrevivido: « La fe
profunda que él tenía de su misión mesiánica fue quizá el elemento más
importante de la extraordinaria potencia de su personalidad, que se prolonga
mucho después que las razones exteriores de la supervivencia hubieran
desaparecido, y la aceptación de este mito, incluso por el inteligente Speer,
constituye la mejor prueba de esta potencia ».
El lazo sustancial establecido entre la
personalidad peligrosamente fascinante del Führer y su libro único explica en
gran parte las inquietudes y las reticencias provocadas por la circulación de
este último.
Introduciendo en 1952 la traducción françesa de Libres propósitos sobre la
guerra y la paz, « propos de table » de Hitler recogidos
por orden de Martin Bormann(5 julio 1941-12 marzo de 1942), el germanista
antinazi Robert d'Harcourt recordaba la manera paranoica y demonizante por la
cual el Führer estigmatizaba las « potencias demoníacas » (dämonische
Mächte) de las cuales el pueblo alemán había sido víctima
Todo sucede como si los enemigos de Hitler
hubieran vuelto contra él esta acusación, haciendo del Führer, asimismo luego
de su muerte una « potencia demoníaca ». Este miedo
mágico de una contaminación por el demonio hitleriano ha ejercido sus efectos
hasta en el campo de las búsquedas universitarias, donde los especialialistas
del nazismo, con algunas excepciones cercanas (Edmond Vermeil antes, y, más
recientemente Édouard Husson), se han dispensado de estudiar la obra, es decir,
simplemente leerla integralmente. Como si los pedazos elegidos pudieran
permitir, todo a la vez, conjurar el peligro de una seducción textual y de
comprender suficientemente la doctrina del Führer. Doble ilusión.
En Alemania, donde la reedición de libro está prohibida luego de 1945, quienes
rechazan esta prohibición, en la perspectiva de una crítica desmistificadora
del nazismo, avanzan el argumento de su carácter contra productivo. En 1952, el
historiador y politólogo Arno Plack había soulevé
la cuestión, deplorando el hecho que la madurez política del pueblo alemán sea
subestimada al punto de juzgar peligrosa la lectura de Mein
Kampf, cerca de cuarenta años después de la desaparición del Tercer
Reich.
Más recientemente, cierto número de historiadores se han pronunciado en favor
de una reedición de la obra que comporta notas y comentarios, es decir, una
verdadera edición crítica. Han sido apoyados por el consejo central de los
Judíos de Alemania cuyo secretario general, Stefan Kramer, ha declarado el 25
avril 2008 à la radio Deutschlandfunk :« En principio, estoy a favor
de una publicación de libro, provista de comentarios, y sobre el hecho de
volverlo disponible sobre Internet. »
Los derechos de autor de Mein Kampf, actualmente detenidos por
el el Land de Baviera que por mucho tiempo ha rechazado la reedición del libro,
caerán en el dominio público el 31 de diciembre de 2015, lo que permitirá a los
medios neo nazis reeditar y difundir masivamente la obra.
Pero esto último es ya propuesto por numerosos sitios Internet especializados
en la venta de libros (en 1999, Mein Kampf era la tercer venta de Amazon
en lengua inglesa y alemana), y el texto integral del libro prohibido en
ciertos países es desde muchos años accesible en línea a sitios extremistas. .
Es en este contexto que las autoridades políticas de Baviera así como los
dirigentes del Consejo central de los judíos en
Alemania se han puesto de acuerdo al principio de una reedición de la
obra, con fines historiográficos y educativos. Una reedición por así decir preventiva,
constituye un mal menor para quienes temen que la potencia de seducción del
libro manifiesto continúa ejerciendo sobre los espíritus no preparados.
En un discurso pronunciado el 26 de junio de 2009, Wolfgang Heubisch, ministro
de Ciencias, de la Búsqueda y de las Artes de Baviera, favorable a una
reedición de Mein Kampf surtida de comentarios críticos de historiadores, ha
privilegiado este argumento: « Si es necesario que la obra de Hitler sea editada,
existe que los charlatanes y los neonazis se agarren de este libro detestable
cuando Baviera no tenga más los derechos.
Soy de la opinión que haya una edición bien documentada y preparada. »
En el mismo
sentido, partidario de una « edición crítica, científica, erudita »
de la obra, Stefan Kramer ha declarado a la televisión ZDF el 12 de agosto
de 2009 que consideraba como « sensato e importante publicar una edición de Mein
Kampf de Hitler con comentarios de investigadores », con el
fin de poder disponer de una « edición comentada que podría ser utilizada, por
ejemplo, como texto para explicar a los alumnos
y a los jóvenes durante los cursos de Historia. » Y
reafirmar su preocupación por una acción editorial preventiva: « Tenemos
necesidad de preparar a partir de hoy una reedición universitaria salida de
críticas históricas para evitar que los neo nazis saquen provecho.
»
En Francia, Richard Prasquier, presidente del Consejo representativo de las
Instituciones judías en Francia, presidente del Consejo representativo de las
Instituciones judías en Francia (Crif), más bien desfavorable a una edición
crítica del texto integral, pero retomando la hipótesis del menor mal, ha
intervenido en el debate del 11 de agosto de 2009 presentando una posición
matizada, fundada en una distinción entre tres aspectos del problema.
Según él, Mein Kampf
« representa tres cosas »:
« - Un objeto histórico. Los historiadores lo conocen,
pueden acceder en la biblioteca o los archivos; no hay necesidad de
republicarlos. En cuanto al gran público, a los alumnos, no hay necesidad de
leer este libro en extenso para acceder a la historia de la Segunda Guerra
Mundial.
- Un panfleto antisemita. A este respecto, aun si
está bien datado(...),puede todavía destilar su veneno. Forma parte de
los textos antisemitas contra los cuales hay que luchar. Se sabe que es muy
difundido y vendido en el mundo. Si todas las ediciones fueran ediciones
críticas, sería un mal menor. Por ejemplo, los Protocolos de los Sabios de Sion
han reaparecidos en largos extractos en una edición comentada por Taguieff y
otros investigadores, lo que atenúa la nocividad del texto.
- Sobre todo, es un símbolo. El símbolo nazi por
excelencia, el símbolo del horror. Ver este libro en una librería sería una
agresión visual. Sería ciertamente insoportable para un sobreviviente, a quien
eso haría el mismo efecto que ver una cruz gamada en una librería. Saber que
este libro es disponible por Internet, es una cosa, verlo expuesto a pleno día,
equivale a decir que se puede leer todo, que este libro no es más chocante que
otro, y eso es insoportable. »
Por mi parte, reconociendo la realidad potencial de los efectos indeseables
identificados por Richard Prasquier, estoy inclinado a reconocer que una edición crítica realizada por un
equipo pluridisciplinario de especialistas constituye, al menos en las
sociedades liberales pluralistas, garantizarla libertad de expresión y
discusión, el único medio de evitar abandonar el texto peligroso a los
propagandistas extremistas y a los editores sin escrúpulos. Y la única manera
de privar a Hitler de una victoria póstuma.
(Traducción: Luis Thonis)