Poco antes del verano de
2009, Robert D. Kaplan
publicó en el número de mayo/junio de la revista Foreign Policy, para
la que escribe habitualmente, un texto de titulado “The Revenge of Geography” (y de inmediato apareció la versión
española). El ensayo, interesante y polémico, tuvo un amplio
impacto en la red, con reacciones de todo tipo, hasta el punto de que su autor
empezó a pensar, como suele ser habitual en estos casos, en transformarlo en un
texto más amplio, en un libro. Pero Kaplan se tomó su tiempo y, en el interín,
continuó escribiendo otros ensayos de semejante tenor, referidos a determinadas
zonas del globo, particularmente sobre Europa, cuya crisis ha atraído con razón
a un sinfín de comentaristas. El resultado de todo ello es The Revenge of
Geography, volumen que ha editado Random y que será, a no dudarlo, uno de los bombazos del año
(de pronta traducción castellana, además). Para abrir boca, ofrecemos (en
versión libre, como siempre) el adelanto que presentó The
National Interest el pasado julio:

La idea de Europa, en la mente de los occidentales de hoy en día, es un
concepto intelectual -humanismo liberal con una base geográfica- que surgió a
través de siglos de progreso material e intelectual, además de como reacción a
los devastadores conflictos militares en anteriores épocas históricas. El último
conflicto de este tipo fue la Segunda Guerra Mundial, que dio lugar a una
decisión de fusionar elementos de la soberanía entre Estados democráticos con el
fin de poner en marcha una tendencia pacificadora.
Por desgracia, esta gran narrativa está siendo asaltada ahora por las fuerzas
subyacentes de la historia y la geografía. Las divisiones económicas que vemos
hoy en la Unión Europea, que se manifiestan en la crisis de la deuda del
continente y las presiones sobre el euro, tienen sus raíces, al menos
parcialmente, en unas contradicciones que se extienden muy atrás en el pasado
europeo y en su lucha existencial para lidiar con la realidad de su inmutable
estructura geográfica. Este es el legado -un tanto determinista y rara vez
reconocido- que Europa todavía tiene que superar y que, por tanto, requiere una
descripción detallada.
En
los años inmediatamente anteriores y posteriores a la caída del Muro de Berlín,
los intelectuales celebraron el ideal de la Europa Central
-Mitteleuropa- como un faro de relativa tolerancia multiétnica y de
liberalismo dentro del imperio de los Habsburgo al que los contiguos Balcanes
podían y debían aspirar. Pero mientras el corazón espiritual del Continente se
encuentra en Mitteleuropa, el corazón político está ahora ligeramente
hacia el noroeste, en lo que podríamos llamar la Europa de Carlomagno. La Europa
de Carlomagno se inicia con los países del Benelux y serpentea luego hacia el
sur a lo largo de la frontera franco-alemana hasta las estribaciones de los
Alpes. A saber, tenemos la Comisión Europea y la administración pública en
Bruselas, el Tribunal está en La Haya, la ciudad del Tratado es Maastricht, el
Parlamento Europeo reside en Estrasburgo, y así sucesivamente. Todos estos
lugares conforman transversalmente una línea que va hacia el sur desde el Mar
del Norte, “que formó la pieza central y la vía principal de comunicación de la
monarquía carolingia”, observa el último estudioso de de la Europa moderna Tony Judt
. El hecho de que este superestado europeo en ciernes de nuestra era se
concentre en el núcleo medieval de Europa, con la capital de Carlomagno,
Aquisgrán (Aix-la-Chapelle), aún en su mismo centro, no es casual. En ninguna
parte del continente, la interconexión europea entre el mar y la tierra es tan
rica y profunda como a lo largo de la columna vertebral de la civilización del
Viejo Mundo. En los Países Bajos está la apertura al gran océano, incluso aunque
la entrada al Canal de la Mancha y una cadena de islas en Holanda formen una
barrera protectora, dando a estos pequeños Estados ventajas desproporcionadas a
su tamaño. Justo en la parte trasera de la costa del Mar del Norte hay una gran
cantidad de ríos y cursos de agua protegidos, toda una promesa al comercio, al
movimiento y al desarrollo político subsiguiente. El suelo de loess del noroeste
de Europa es oscuro y productivo, y los bosques proporcionan una defensa
natural. Por último, el clima frío entre el Mar del Norte y los Alpes, mucho más
que el clima más cálido al sur de los Alpes, ha sido un reto lo bastante grande
para estimular la determinación humana desde la Edad de Bronce tardía hacia
adelante, con los francos, alamanes, sajones y frisios estableciéndose en la
antigüedad tardía en la Galia, el antepaís alpino y las tierras bajas costeras.
A su vez, este sería el campo de pruebas de Francia y el Sacro Imperio Romano en
el siglo IX, así como de Borgoña, Lorena, Brabante y Frisia, además de
ciudades-Estado como Tréveris y Lieja, todo lo cual desplazó colectivamente a
Roma y fomentó las políticas que hoy impulsan la maquinaria de la Unión
Europea.
Por supuesto, antes de
todo lo anterior estaba Roma -y antes de Roma, Grecia. Ambas, según las bien
escogidas palabras del estudioso de la Universidad de Chicago William
H. McNeill, constituyen la antesala de lo “antiguamente civilizado”, que
comenzaba en Egipto y Mesopotamia y se extendía desde allí, a través de la Creta
minoica y de Anatolia, a la orilla norte del Mediterráneo. La civilización, como
bien sabemos, se radicó en valles fluviales cálidos y protegidos como el Nilo y
el Tigris-Eufrates, y luego continuó su migración hacia los climas relativamente
suaves del Levante, Norte de África y las penínsulas griega e italiana, donde la
vida era hospitalaria incluso con sólo una tecnología rudimentaria.
Pero a pesar de que la
civilización europea tuvo su florecimiento inicial a lo largo del Mediterráneo,
se siguió desarrollando, en épocas de más avanzadas tecnología y movilidad, más
al norte, en climas más fríos. Roma se expandió hacia allí en las décadas
anteriores al comienzo de la era cristiana, ofreciendo por primera vez orden
político y seguridad interna desde los Cárpatos, al sureste, hasta el Atlántico,
en el noroeste -esto es, en gran parte de Europa Central y de la región en torno
al Mar del Norte y el Canal de la Mancha. Grandes y complejos asentamientos,
llamados oppida por Julio César, surgieron a lo largo de este
extenso, boscoso y bien regado suelo negro del corazón de Europa, que sentó las bases para el surgimiento rudimentario de las
ciudades medieval y moderna.
Al igual que la expansión romana dio una cierta estabilidad a las llamadas
tribus bárbaras del norte de Europa, la ruptura de Roma daría lugar a través de
los siglos a la formación de los pueblos y las naciones-Estado de lo que se
convertiría en el Imperio de Carlomagno y la Mitteleuropa. Sin duda, el
mundo de la Edad Media reemplazó al mundo de la antigüedad con la geografía de
un Mediterráneo “reducido”, una vez que el norte de Europa se liberó de Roma.
(La unidad mediterránea, por supuesto, quedó aún más destrozada por el empuje
árabe a través del norte de África). En el siglo XI, el mapa de Europa ya tenía
un aspecto moderno, con Francia y Polonia más o menos con sus formas actuales,
el Sacro Imperio Romano con la apariencia de una Alemania unida y Bohemia -con
Praga en el centro- que presagiaba la República Checa. Así fue como la historia
avanzó hacia el norte. Y esto es absolutamente esencial para nuestra
económicamente atribulada época.
Las sociedades del Mediterráneo, a pesar de sus innovaciones políticas -la
democracia ateniense y la república romana-, estaban por lo general definidas
por su “tradicionalismo y rigidez”, en palabras del historiador y geógrafo
francés Fernand Braudel. La mala calidad de los suelos mediterráneos favoreció
las grandes explotaciones, que estaban, forzosamente, bajo el control de los
ricos. Y eso, a su vez, contribuyó a un orden social inflexible. Mientras tanto,
en los claros de los bosques del norte de Europa, con sus suelos más ricos,
creció una civilización más libre, anclada por las relaciones de poder
informales de un feudalismo que sería capaz de sacar mejor provecho de la
invención de los tipos móviles y de otras tecnologías futuras.
Por determinista que pueda parecer la explicación de Braudel, funciona para
explicar las corrientes generales del pasado europeo. Obviamente, la
intervención humana en la persona de hombres como Jan Hus, Martín Lutero y Juan
Calvino fue fundamental en la Reforma protestante y en la Ilustración, que
permitirían la emergencia dinámica del norte de Europa como una de las cabezas
de puente de la historia en la era moderna. Sin embargo, todo esto no habría
sido posible sin el inmenso río y el acceso al mar y la tierra de loess, rica en
depósitos de carbón y mineral de hierro, que sirvió de base para tal dinamismo
individual y la industrialización. Imperios grandes, eclécticos y brillantes
florecieron sin duda a lo largo del Mediterráneo en la Edad Media -en particular
el del normando Rogelio II en la Sicilia del siglo XII y, no lo olvidemos, el
Renacimiento floreció por primera vez en Florencia a finales de la época
medieval, con el arte de Miguel Ángel y el realismo secular de Maquiavelo. Pero
fue la atracción del más frío Atlántico lo que abrió las rutas marítimas
mundiales que finalmente se impusieron sobre el cerrado Mediterráneo. Aunque
Portugal y España fueron los primeros beneficiarios de este comercio Atlántico
-debido a su posición peninsular-, sus sociedades preilustradas, traumatizadas
por la proximidad a (y por la ocupación de) los musulmanes del Norte de África,
perdieron finalmente terreno en la competición oceánica ante los holandeses,
franceses e ingleses. Así como el Santo Imperio Romano de Carlomagno sucedió a
Roma, en los tiempos modernos el norte de Europa sucedió al sur de Europa, con
el núcleo carolingio, abundante en riquezas minerales, imponiéndose en la forma
de la Unión Europea. Todo esto se debe, en cierta medida, a la geografía.
El Mediterráneo medieval estaba dividido a su vez entre los francos al oeste
y los bizantinos al este. Porque no son solo las divisiones entre el norte y el
sur las que tanto definen y causan estragos en la Europa de hoy, sino también
las que existen entre este y el oeste y, como veremos más adelante, entre el
noroeste y el centro. Consideremos la posibilidad de la ruta migratoria del
valle del Danubio, que continúa hacia el este más allá de la Gran Llanura
húngara, los Balcanes y el Mar Negro, siguiendo a través del Ponto y las estepas
de Kazajstán hasta Mongolia y China. Este hecho geográfico, junto con el acceso
llano y sin obstáculos a Rusia, más al norte, constituye la base de las oleadas
de invasiones de los pueblos principalmente eslavos y turcos desde el Este, lo
que, como sabemos, ha conformado en gran medida el destino político de Europa.
Así como hay una Europa carolingia y una Europa mediterránea, hay también, a
menudo como resultado de estas invasiones procedentes de Oriente, una Europa
bizantino- otomana, una Europa prusiana y una Europa de los Habsburgo, todas las
cuales son geográficamente distintas y resuenan hoy a través de patrones de
desarrollo económico un tanto diferentes, amén de que muchos otros factores
puedan estar involucrados. Y estos variados patrones no se puede borrar
simplemente mediante la creación de una moneda única.

De hecho, en el siglo IV dC, el Imperio Romano se dividió en dos mitades,
occidental y oriental. Roma fue la capital del Imperio de Occidente, mientras
que Constantinopla se convirtió en la capital de la parte oriental. El imperio
occidental de Roma dio paso al reino de Carlomagno más al norte y al Vaticano
-Europa occidental, en otras palabras. El imperio oriental de Bizancio estuvo
poblado principalmente por cristianos ortodoxos de habla griega y, más tarde,
por musulmanes cuando los turcos otomanos, que migraban desde el este, tomaron
Constantinopla en 1453. La frontera entre estos imperios oriental y occidental
corría por el centro de lo que después de la Primera Guerra Mundial se convirtió
en el estado multiétnico de Yugoslavia. Cuando ese Estado se rompió
violentamente en 1991, al menos al principio la separación retomó las divisiones
romanas de dieciséis siglos antes. Los eslovenos y croatas eran católicos
romanos, herederos de una tradición que se remontaba desde el Imperio
Austrohúngaro a Roma en la parte occidental. Los serbios eran ortodoxos
orientales y herederos del legado otomano-bizantino de Roma en el Este. Los
montes Cárpatos, que están al noreste de la antigua Yugoslavia y dividen a
Rumania en dos partes, reforzaban parcialmente esta frontera entre Roma y
Bizancio y, más tarde, entre los emperadores Habsburgo en Viena y los sultanes
turcos en Constantinopla. Existían pasos y rutas comerciales a través de estas
formidables montañas, que llevaban el depósito cultural de Mitteleuropa
hasta los Balcanes bizantinos y otomanos. Pero incluso aunque los Cárpatos no
fueran un límite duro y firme, como los Alpes, marcaban una gradación, un cambio
en el equilibrio de una Europa a otra. El sureste de Europa sería pobre, no sólo
en comparación con el noroeste de Europa, sino también en comparación con el
noreste de Europa, con su tradición prusiana. Es decir, los Balcanes no eran
sólo pobres y subdesarrollados políticamente en comparación con los países del
Benelux, sino también en comparación con Polonia y Hungría.
La caída del muro de Berlín dio un claro relieve a todas estas divisiones. El
Pacto de Varsovia había constituido un imperio oriental de pleno derecho,
gobernado desde Moscú, con la ocupación militar y la imagen fija de una
pobreza provocada por la introducción de economías dirigidas. Durante los
cuarenta y cuatro años de dominio del Kremlin, gran parte de Prusia, de los
Habsburgo y de la Europa bizantino-otomana estuvieron encerradas en una prisión
soviética de naciones conocidas colectivamente como Europa del Este. Mientras
tanto, en Europa occidental, la Unión Europea estaba tomando forma, primero como
Comunidad Europea del Carbón y del Acero, después como Mercado Común y,
finalmente, como la UE, construida desde su base carolingia de Francia, Alemania
y los países del Benelux para abarcar a Italia, Gran Bretaña y, más tarde,
Grecia y los países ibéricos. Dada su ventaja económica durante los años de la
Guerra Fría, la Europa carolingia perteneciente a la OTAN se hizo más fuerte,
momentáneamente, que la Europa prusiana del noreste y la Mitteleuropa del
Danubio, que históricamente fueron igualmente prósperas, pero que durante mucho
tiempo se hallaron dentro del Pacto de Varsovia.
El avance soviético en
Europa Central en las últimas fases de la Segunda Guerra Mundial generó este
giro completo de los acontecimientos, corroborando la tesis del politólogo Halford Mackinder de que las invasiones asiáticas habían dado
forma al destino europeo. Por supuesto, no debemos llevar este determinismodemasiado lejos, ya que sin las acciones de
un hombre, Adolf Hitler, la Segunda Guerra Mundial bien pudo no haber ocurrido,
con lo que no habría habido invasión soviética.
Pero Hitler existió, por
lo que nos quedamos con la situación tal como existe hoy en día: la Europa de
Carlomagno. Sin embargo, debido a la reaparición de una Alemania unida, el
equilibrio de poder en Europa puede cambiar ligeramente hacia el este, hasta la
confluencia de Prusia y Mitteleuropa, con el poder económico alemán vigorizando
Polonia, los países bálticos y el Danubio superior. El litoral del Mediterráneo
y los Balcanes bizantino-otomanos en general van a la zaga. Los mundos del
Mediterráneo y los Balcanes se conectan en la península montañosa de Grecia, que
a pesar de ser rescatada del comunismo a finales de 1940 sigue siendo uno de los
más miembros económica y socialmente más problemáticos de la Unión Europea.
Grecia, en el borde noroeste de la zona oriental oikoumene (mundo
habitado), fue la gran beneficiaria de la geografía en la antigüedad -el lugar
donde los desalmados sistemas de Egipto y Persia-Mesopotamia podían ser
ablandados y humanizados, conduciendo a la invención de Occidente. Sin embargo,
en la Europa actual, dominada por su Estados del norte, Grecia se encuentra en
el lado equivocado, en el confín orientalizado, mucho más estable y próspera que
lugares como Bulgaria y Kosovo, pero sólo porque se salvó de los estragos del
comunismo. Alrededor de las tres cuartas partes de las empresas griegas son de
propiedad familiar y se basan en el trabajo familiar, por lo que las leyes sobre
el salario mínimo no siempre se aplican, y a menudo los que no tienen vínculos
familiares no puede ser promovidos. Este fenómeno se manifiesta en lo que
para muchos es una mera crisis financiera, pero en realidad está profundamente
enraizado en las realidades culturales, lo que significa que lo está en la
historia y la geografía.

La geografía es aquí una fuerza impulsora. Cuando el Pacto de Varsovia se
disolvió, los antiguos países cautivos avanzaron económica y políticamente casi
según su posición en el mapa: Polonia, los países bálticos, Hungría y la zona de
Bohemia de Checoslovaquia obtuvieron inicialmente los mejores resultados, de
nuevo con variaciones significativas, mientras que desde los países de los
Balcanes hacia el sur se sufrió en general unas mayores miseria y descontento. A
pesar de todos los avatares del siglo XX , incluyendo la pulverización del
nazismo y el comunismo, los legados de los dominios de Prusia, de los Habsburgo,
bizantino y otomano siguen siendo relevantes. Estos imperios eran criaturas,
ante todo, de la geografía, influidos como estaban por los patrones migratorios
procedentes del Este asiático.
Por tanto, he aquí una vez más el mapa de Europa del siglo XI, con el Sacro
Imperio Romano que se asemeja a una Alemania unida en su centro. A su alrededor
hay estados regionales: Borgoña, Bohemia, Pomerania y Estonia, con Aragón,
Castilla, Navarra y Portugal hacia el suroeste. Pensemos ahora en los casos de
éxito regionales en el siglo XXI, sobre todo en la Europa carolingia:
Baden-Würtemberg, Ródano-Alpes, Lombardía y Cataluña. Estas poblaciones, como
nos recuerda Judt, son en su mayor parte norteñas que miran hacia el
supuestamente “atrasado, perezoso, mediterráneo y subvencionado ‘sur’”, incluso
ven con cierto horror a las naciones de los Balcanes como Rumania y Bulgaria
uniéndose a la UE. Europea es el centro frente a la periferia, con los
perdedores por lo general en la periferia, aunque no exclusivamente, en las
regiones más cercanas geográficamente a Oriente Medio y África del Norte. Pero
precisamente porque el superestado europeo con sede en Bruselas ha funcionado
tan bien para las subregiones del norte como BadenWürttemberg y Cataluña, estas
subregiones se han liberado de sus propios gobiernos nacionales, de sus
fórmulas de talla única a la que están encadenadas, y de ese modo han
florecido mediante la ocupación de nichos económicos, políticos y culturales
históricamente anclados.
(continuará…)© National Interest, Inc. Jul/Aug 2012. Provided by ProQuest LLC. All Rights Reserved.
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